Somos un hogar político para gente latina, compuesto por muchas perspectivas, emociones, trayectorias, lugares y experiencias distintas. En nuestra organización no siempre estamos de acuerdo. Ese es el caso respecto a la cuestión de Venezuela. Nuestra intención con este escrito no es establecer una verdad única ni cerrar el debate, sino exponer —con honestidad política— las tensiones, preguntas y perspectivas que hoy conviven dentro de Mijente frente a la situación en Venezuela y a la más reciente intervención militar de EE.UU.
Creemos firmemente en la soberanía de los pueblos. Por ende, repudiamos las intervenciones político-militares en América Latina, así como en cualquier parte del mundo. Son los pueblos quienes deben decidir y ejercer el rumbo de sus naciones y comunidades. Dentro de nuestra organización hay perspectivas que ven la intervención militar del pasado 3 de enero en Caracas como el más reciente acto de una larga historia de intervencionismo en suelo venezolano, que no ocurre en un vacío ni de la nada. Son años de bloqueos económicos, sanciones y estrategias de desestabilización política lideradas por Estados Unidos, con un objetivo que hoy se expresa sin filtros ni paños tibios —el control del petróleo y de los recursos minerales de Venezuela— y que en nada tiene que ver con la defensa de la democracia y los derechos humanos.
Al mismo tiempo, reconocemos el sufrimiento real del pueblo venezolano. Las y los venezolanos, como las y los latinos en general, no son un monolito ni homogéneos. Existen experiencias profundamente distintas, marcadas por la clase, el territorio, la historia política y las condiciones materiales. Eso se refleja incluso en los procesos migratorios: distintas olas, distintos puntos de partida, distintas razones para salir del país a lo largo de las últimas décadas.
Ese mosaico de experiencias nos dice algo importante sobre el chavismo tardío: el proyecto social impulsado a inicios de la revolución perdió su capacidad para sostener condiciones de vida dignas para amplios sectores del país. Tampoco se puede negar que miles de personas —trabajadoras, periodistas, activistas y opositoras— han sido exiliadas, encarceladas o perseguidas por razones políticas.
Entre bloqueos económicos externos y prácticas internas de represión, corrupción y concentración de poder, se acumuló una crisis que golpeó de múltiples formas a la sociedad venezolana.
Algunos querían que se fuera Maduro. Algunos mantienen una oposición total a la intervención estadounidense. Podemos quedarnos en la reacción a los actos, en la pelea digital y en los memes entre nosotros sobre si estuvo bien o mal lo que pasó, o quién tiene el derecho de opinar; quizás todo eso sea necesario en esta etapa. Pero no podemos ignorar la amenaza que se manifiesta en nuestro hemisferio. Estados Unidos nunca ha dejado sus guerras e intervenciones por el mundo, pero las acciones y palabras de Trump y su administración en estos momentos señalan un cambio de enfoque.
Venezuela no es un caso aislado, sino el punto de partida de una nueva etapa del imperialismo estadounidense, más burda y directa. Hoy es Venezuela; mañana puede ser cualquiera que no se someta. Hoy buscan más petróleo, más litio, más minerales y más energía para sostener su ejército, sus centros de datos, los bolsillos de los billonarios y sus aventuras espaciales. Pero, sobre todo, buscan sostener una visión de “América para los Americanos”, donde la riqueza extraída de nuestros territorios se reinvierte en fortalecer a una élite blanca y rica dentro de Estados Unidos, mientras nuestros pueblos cargan con la pobreza, la violencia y la expulsión.
Esta forma de gobernar también se refleja dentro de Estados Unidos: el desprecio de la administración Trump por las leyes y los procedimientos cuando se interponen a sus objetivos; las amenazas y campañas de venganza contra líderes políticos que se atreven a oponerse a sus políticas; y la corrupción descarada que beneficia a sus amigos y a quienes les ofrecen las mayores sumas de dinero. Ese mismo gobierno criminaliza, persigue y deporta a nuestras comunidades migrantes dentro de Estados Unidos. No son fenómenos separados: son dos caras del mismo proyecto imperial.
La amenaza ahora es clara: ¿cuál será el costo para el pueblo venezolano de sacar a Maduro, y quiénes —qué países— serán los próximos?
Sabemos que existen muchas verdades, muchas emociones y muchas razones que pueden sostenerse simultáneamente. No se requiere unanimidad para mantener organización ni para asociarnos. Hay que buscar puntos en común, intereses compartidos. Nuestros destinos están entrelazados.
Al horizonte del Buen Vivir —justo, solidario, equitativo y verdaderamente democrático— se le opone hoy una creciente ola de autoritarismo, oligarquías y explotación imperial. Así como criticamos la consolidación de una oligarquía cada vez más poderosa en Estados Unidos, también nos preguntamos en nuestros movimientos si aferrarnos únicamente al poder del Estado nos fortalece o nos debilita en la construcción de ese nuevo horizonte.
Hablar en voz alta de las fallas de la izquierda es complicado y, a veces, peligroso. Existe cierta reticencia a reconocer cuándo algo ha salido mal. ¿Cuándo ha permitido Estados Unidos que un experimento de este tipo siga su curso sin entrometerse? Y, a la vez, ¿por qué darles a nuestros adversarios información que pudiera fortalecerlos? Todas son preguntas válidas. Del otro lado de esas amenazas está la consecuencia de no hablar las cosas sin pelos en la lengua: no aprender colectivamente de nuestros errores, no innovar y, lo peor, perder la confianza del pueblo.
Se habla mucho de construir poder, pero menos de cómo se usa el poder cuando se obtiene. Hacen falta conversaciones y prácticas para construir y sostener organizaciones, partidos y movimientos que sean efectivos y actúen con integridad.
Solo el pueblo organizado —en sus comunidades, en sus centros de trabajo, en los estados y municipios que aún resisten— puede enfrentar y debilitar esta renovada expresión de la doctrina Monroe. Desde acá, nos corresponde defender lo nuestro y construir lo nuevo.
El llamado desde nuestra casa política hoy es a escucharnos, cuestionarnos y debatir colectivamente. Es crítico para aprender y para empezar de nuevo, y siempre, siempre seguir pa’lante.
“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos.”
— Antonio Gramsci
En lucha y solidaridad,
Mijente